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miércoles, 9 de junio de 2010

Tres años en el infierno

“Era junio de 2003, y luchábamos por ganar la Liga...”

Yo soy de la generación de las mochilas del ‘Agur Atotxa’, del fútbol por la radio los domingos por la tarde, de los resúmenes del partido de la Real Sociedad tras el Teleberri a última hora del fin de semana en el ‘Derby’, de la Real con extranjeros, esos cuyos nombres empezaban por K, del 5-0 al Atlhetic, del 8-1 al Albacete, de Anoeta, de aquel equipo que peleaba por acabar la liga en puestos de UEFA, y que antes de eso, me contaban, ganó dos Ligas y también una Copa del Rey cuando yo todavía aprendía a nombrar todo lo que me rodeaba. Del fichaje de Etxeberria por el Atlhetic, los torneos de verano en los que el equipo vecino nos goleaba y los partidos de Liga que no nos consiguió ganar en varios años seguidos, de la Real en primera, y de aquellos ilustres jugadores que vi retirarse en el campo, en Anoeta, el único estadio de fútbol que he sentido como mío, porque nunca llegué a pisar Atotxa. Del ‘eskerrik asko Kodro’, los pitos a Karpin y el ‘Lorenzo, fíchame de Darko’. De un joven De Pedro, de las subidas por banda de Aranzabal, de Alberto en la portería, y de la cantinela de ‘No pasa nada, tenemos a Arkonada’ que repetíamos como papagallos en el patio del colegio sin haber visto jugar jamás al gran arquero realista. De la Real de las segundas oportunidades (Alkiza, Loren, Toshack), e incluso de terceras (Toshack otra vez). La Real de los fichajes ‘paquetes’.

Y, con es Real, aprendí a amar a aquellos colores y a sentirlos como míos. Disfruté de las aventuras europeas, sufrí con el destino traicionero que quiso que Aitor Zabaleta se convirtiera en un icono para la afición txuri urdin, y me rebelé con el subcampeonato robado en la temporada de Krauss.

“Era junio de 2003, y luchábamos por ganar la Liga...”
En pleno proceso de aprendizaje, de asimilamiento de los colores y el escudo realista como parte de mí, de acercamiento a la familia y al sentimiento txuri urdin que me regaló mi primer carné de socia, llegó la gloria. La tocamos con la punta de los dedos, llegamos a sentirla en las manos, pero en el último minuto se esfumó, como los sueños cuando despertamos. Tanto nos lo habíamos llegado a creer, que lloramos amargamente sin saborear el éxito de haber convertido en grande un equipo humilde. La euforia se prolongó con la Champions, la elite del fútbol europeo. Y la Real sacó pecho, y logró lo inimaginable: pasar de la primera ronda. Nos lo seguimos creyendo, sin ser capaces de anticipar lo que nos esperaba: el retorno a la normalidad, a nuestro sitio de siempre, fue duro. Del mareo que llevábamos, perdimos el norte y nos perdimos. Y aparecimos en infierno.

“Era junio de 2003, y luchábamos por ganar la Liga. Alguien colgó una bandera de su balcón y a la semana eran decenas de miles. Cuatro años después aún resisten algunas. Quizás están ahí por olvido... Yo prefiero pensar que están ahí porque aún hay gente para la que el orgullo no depende de lo que ganas, sino de lo que sientes. Y que ahora más que nunca es el momento de lo que llevamos dentro”.

Hubo de ser un anuncio televisivo quien nos recordara que el orgullo aflora para hacer más llevaderas las travesías en el desierto cuando de verdad sentimos algo como propio, cuando luchamos, sufrimos, compartimos y vivimos un sentimiento día a día, sin arrepentirnos de lo que somos, sin simulacros.

El descenso fue un duro golpe que no por anunciado fue más llevadero. Como decía, yo soy de esa generación que asumía el rol de la Real Sociedad como equipo clásico de primera división, como si la historia, y el papel de la Real en la misma, fueran a evitar que pagáramos los errores de creernos quien no fuimos ni seremos. Estos últimos años nos hemos convertido en ese equipo que no ilusiona, que no convence, que no aparece en los resúmenes de la Liga, que no siempre figura en las quinielas y que, incluso este último año, jugaba los domingos a las 12. No fuimos los cocos. Fuimos la marioneta, el payaso, el hazmerreír que se creyó que en un día arreglaría varias temporadas de errores. Pero el descuento de Mendizorroza evidenció las carencias del club: orgullo, sacrificio, humildad. Se perdieron las camisetas txuri urdines en los patios de los colegios. Se perdió la identidad, la relación con la provincia. Se había perdido hace tiempo ya.

Ahora, dos años después de aquel duro momento parece que la Real regresa donde ‘merece’. Gipuzkoa entera quiere celebrarlo pero intuyo que dentro de unos meses, cuando la euforia, la ilusión y las victorias hayan desaparecido de los titulares, volveremos a ser un puñado en Anoeta.

Pero estos años en segunda me han enseñado una manera diferente de amar, sentir, disfrutar y sufrir el fútbol. He gozado de cada viaje, cada kilómetro, cada minuto pasado en compañía de estos colores, de este equipo y de esta afición. He llorado (Vitoria), he sufrido, me he aburrido (Ferrol), me he avergonzado (Sevilla), he reído, me he mordido las uñas, he cantado, me he quedado sin voz, me he reencontrado con gente, me he sentido poco arropada, he estado acompañada por miles de personas, he discutido y dado las gracias a los jugadores (Las Palmas), me he ‘enamorado’ (Vallekas!), me he humillado (Gal), me he deprimido (Huesca), me he cabreado, he conocido gente nueva, hemos hecho las bodas de plata (25 viajes en Salamanca)... Me he recorrido la geografía gipuzkoana, peninsular... y he llegado hasta Canarias. Y he vivido el mejor minuto que recuerdo en mi corta vida de aficionada. He sentido que formo parte de algo que va más allá de una tabla de clasificación, de una hoja de un periódico o de un nombre en una camiseta. Y eso, en primera, no va a cambiar. Porque el orgullo de ser de la Real, en primera o en preferente, va más allá.

“... el orgullo no depende de lo que ganas, sino de lo que sientes”.

Coleman, aquel de la lavadora estropeada, dijo que tardaríamos tres años en subir, y hubo quien quiso echarle por aquella ‘osadía’. Sólo espero que ahora, a las puertas de nuestro regreso a Primera división, hayamos aprendido la lección y no volvamos a repetir los errores que nos trajeron hasta aquí.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Bodas de plata

Lo recuerdo como si fuera ayer. Llevábamos un año en la universidad así que Bilbao ya no era, para ninguna de las dos, territorio tan hostil. Alguna de esas nuevas amistades labradas entre aulas y campa era, incluso, del Athletic de Bilbao, pero lo llevábamos bien. No les quedaba otro remedio: llegamos a Bilbao en la época en que la Real Sociedad casi gana una Liga y nos hacía disfrutar con su buen fútbol.

Una de esas amistades nos consiguió las entradas: Era 27 de septiembre del año 2003, y vimos, por primera vez, a la Real Sociedad fuera de Anoeta. Lo mejor del partido estuvo fuera, durante la previa: el ambiente en los alrededores de San Mamés era espectacular. No me cansaré de decir que lo que más hecho de menos al estar en Segunda es ese Derby, esa fiesta del deporte vasco.

En el campo las cosas no fueron tan bien. No recuerdo ahora (han pasado ya unos añitos) si el partido fue interesante o no. Pero perdimos: 1-0. Nuestro primer 'viaje' futbolero y perdemos en casa del eterno rival. Eso sí, quiso el destino que en el descanso, cansados de los cánticos de apoyo al equipo enemigo, decidiéramos levantar el culo de nuestros asientos, y buscar compañía en un grupo de aficionados de la Real Sociedad. Uno de aquellos chicos suele decir que al vernos aparecer con la camiseta de Xabi Alonso, una, y la De Paula, otra, no se esperó gran cosa. Así es la vida. Aquel día nació nuestra historia con la peña Beti Erreala.

Como he dicho antes, han pasado unos años ya. A nuestras espaldas tenemos unos cuantos 'viajes', muchas decepciones, y unas pocas -muy pocas- alegrías. Lo peor llegó en Gasteiz, hace casi dos años. Uno de mis recuerdos más crueles. Lo mejor... Lo mejor ha sido todo lo demás: las victorias, escasas, los goles, las camisetas regaladas y dedicadas, las copas compartidas, los chistes, las bromas sobre 'nuestros garrulos', las horas de autobús, los móviles ahogados... e incluso los momentos olvidados. En Santander vivimos también un patético (y en su momento acojonante) momento para el olvido, que nada tiene que ver, aunque así lo quieran vender las cabezas huecas de cada barrio, con el deporte.

Ahora tenemos unos cuántos años más, más sabias, o más viejas. Hemos aprendido a asimilar mejor las derrotas, o eso quiero creer ahora que vamos bien. Tenemos unos cuántos kilómetros a las espaldas, y unas muchas historias que contar. Y con los años, lejos de desencantarnos, aún somos más de la Real.

Este fin de semana celebramos las bodas de plata en Salamanca. Es nuestra vigésimo quinta salida con la Real Sociedad. No sé si ganaremos, pero lo que no dudo es de que lo disfrutáremos como nunca. No necesitamos mucho: buena compañía en las gradas y la Real Sociedad en el campo. Diversión asegurada. GORA ERREALA!